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Aug 17th 2018, 15:23
Aug 17th 2018, 16:12

La Turca Pack 10 - Previews


LA TURCA 04 - PREVIEW

Se despertó con un leve dolor de cabeza. Dios, solo había querido descansar un poco para estar lúcido si había algo de acción en el living. Miró el celular: las 00:30. ¡Carajo! Se levantó con ganas de orinar. Estuvo a punto de encender el velador cuando se dio cuenta que eso lo descubriría. Despierto, fue hasta la puerta. No se escuchaba absolutamente nada. ¡Hija de puta, la puerta estaba cerrada! En algún momento de la noche ella entró, comprobó que él estuviera dormido y salió cerrando despacio para solapar su intimidad sin despertarlo.
Poroto se arrodilló ante la puerta y puso el ojo en la cerradura. Estaba oscuro. La tele parecía apagada, aunque alguna claridad había. ¿Estarían allí o se habrían ido a la habitación de su jefe? Se enfadó consigo mismo. ¿Cómo podía ser que se estuviera preguntando eso con tanta naturalidad? 
De pronto hubo movimientos en el sillón del living. El ojo se le había acostumbrado a la oscuridad y ahora el Poroto veía parte de un cuerpo subiendo y bajando. Se lo está cogiendo, pensó Poroto, que sin embargo no se sorprendió ni se indignó demasiado. La pijita se le paró y le vino la incomodidad en la punta. Se estaba orinando.
Desde ahí no lograba ver mucho ni escuchar nada. Quizá porque las noches previas lo tuvo como espectador furtivo pero en primera fila, esta situación no la toleraba. Comenzó a abrir la puerta muy muy despacio y suave, como una película cuadro a cuadro. Colocó la yema de sus dedos en el cogote del picaporte para que ni ese simple engranaje crujiera. Abrió. Con muchísimo cuidado. El corazón le galopaba por el temor de ser descubierto, que un ruido alertara a los amantes y la Turca fuera a ver qué sucedía y lo descubriera. Por raro que pareciera, aunque la que cometía adulterio venía siendo su mujer, era el Poroto el que se sentía nervioso.
Logró una pequeña luz en la apertura de la puerta y ese mínimo hecho cambió todo. Los jadeos y gemidos de la Turca le llegaron claros y consistentes, y se le metieron en el pecho al Poroto. También se oía la respiración masculina, pero el Poroto tenía oídos solo para su mujer. Era otro jadear el de ella, muy diferente al de las noches previas en Las Cuadrillas. Esto era más íntimo, como cuando cogía con él, sólo que durante más de un minuto y con las respiraciones que se sentían más pesadas. Abrió la puerta teniendo más cuidado que la Pantera Rosa, y el sonido se hizo pleno. Apenas se asomó y vio claramente en la oscuridad la silueta de su mujer cabalgándose a su jefe. Estaban en los sillones, él sentado y ella montada arriba y de frente, ya sin la remerita fácil. No veía los rostros. La poca claridad venía de la tele, de la franja de opciones online sobre la pantalla en negro. No veía los rostros, sólo los contornos de brillo filoso: su mujer subiendo y bajando, los cabellos agitados, sus brazos rodeando el cuello de su jefe para llevarle los pechos al rostro. La débil luz le regalaba esas siluetas. Los hombros de la Turca, la cintura que hasta hacía cuatro días era nada más que suya y ahora parecía de todos. Las ancas ensanchándola abajo como un ánfora, y los pies delicados y femeninos despegados hacia atrás, moviéndose también, como toda ella, con cada penetración que el jefe le clavaba hasta el alma.
Tragó saliva. La pijita cada vez le dolía más, cuanto más se le paraba. Se meaba, pese a su fascinación. Aguantó un rato para ver más. Aguantó lo que pudo hasta que ya no pudo. Que sea lo que Dios quiera, se dijo, y abrió la puerta como para salir. Igual lo hizo suave, procurando no hacer ruido. La Turca cabalgaba a dos o tres metros, de cara a él, no iba a haber manera de que no lo viera, pero si era discreto al menos el señor Crem no se daría cuenta. Era extraño. Poroto estaba más preocupado por evitar a su jefe que por enfrentar a su mujer. Es que lo de la Turca podía entenderlo, incluso adivinarlo: se daba cuenta que el sexo con él no era ni la décima parte de lo que obtenía con otros. En cambio lo del señor Crem era distinto. Si se avivaba que el Poroto estaba al tanto que le cogían a la mujer y no reaccionaba, perdería su respeto y se le iban a reír en la cara.
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LA TURCA 05 - PREVIEW

Tenía un escote osado, con breteles delgados, y no había manera de ocultar las tetotas, que se desbordaban para salirse en cualquier momento. Le ceñía el cuerpazo y la dibujaba como una diosa africana. La falda era corta, un poco por encima de la rodilla, pero la Turca se la subía todo el tiempo fabricando pliegues y arrugas sobre la tela para que el ruedo le desnudara los muslos.
—¡Turca, estás en pedo, no podés ir así!
—No empieces, Porotito, me dijo tu jefe que me ponga linda. ¿No te gusta?
—Pero es que no estás linda, ¡estás re zarpada! Ponete otra cosa, mi amor, ¡estás peor que si estuvieras en bolas!
—Ay, no exageres, ¿querés? Además, qué tiene, si tu jefe ya me vio desnuda…
—Turca, van a venir familiares. Si viene la madre y te ve así, mi jefe se la va a agarrar conmigo.
Poroto ocultó que su miedo real era que viniera algún primo igual de turro que el señor Crem. La Turca ocultó que ya sabía quiénes venían.
—Poroto, tengo este vestido desde hace dos años y nunca me llevaste a ningún lado para usarlo. Me lo pongo hoy que estás vos, me vestí así para vos, ¿no entendés?
No hubo forma de que se quitara el vestido.
Bueno, en honor a la verdad, sí hubo forma, pero en otro momento de la noche.
—Todo lo que escuché de usted no se asemeja ni a la sombra de lo que veo, señora de… —El recién llegado doctor Turricio miró a Poroto, que lo observaba tomar la mano de su mujer. No conocía el apellido—. Bueno, señora de Poroto.
El absurdo generó algunas risas y rompió un poco el hielo.
—Dígame Turca. O Turquita —le sonrió con entusiasmo. Es que el doctor Turricio tenía unos cincuenta muy bien llevados y gesto seguro—. Es un placer conocer a los jefes de mi marido.
—El placer va a ser mío –dijo Turricio.
—El placer va a ser para todos esta noche —dijo el señor Crem, y miró a Poroto, que aún sostenía el abrigo del gerente doblado sobre el brazo, y cortó su sonrisa—, con lo que cociné y el buen vino que trajeron…
Poroto estuvo disperso toda la cena. Era evidente que esos cuatro estaban ahí para cogerse a su mujer. ¿Qué otra cosa podía ser? ¿Y cómo evitarlo? Si estaban para eso quería decir que ya sabían que el señor Crem se la cogía. Esa posibilidad —o certeza— lo atormentaba. No quería que se sepa que era un cornudo, ya bastante con sus compañeros que habitaban las Cuadrillas. Pero los gerentes… [***]
La cena fue divertida. Abundó el vino, y el vino trajo cierta desfachatez en las bromas, que comenzaron a girar en torno a la Turca, al cuerpazo de la Turca y al sexo. Turricio contó algunas de sus famosas anécdotas sexuales, que invariablemente giraban alrededor de mujeres casadas que había llevado a su cama. Para los postres, la conversación era únicamente sobre sexo, cuernos, casadas infieles, cornudos conscientes o inconscientes y la adrenalina que daba engañar a un marido (no se habló ni una vez de mujeres engañadas). Poroto estaba algo tomado, el alcohol esta vez no lo puso alegre sino somnoliento. Cuando el señor Palvo puso música latina en la TV y la cosa pintaba para bailecito informal y whiskys, Poroto se llevó a la Turca para la habitación.
—Turca, ¿no te das cuenta? ¡Estos tipos te quieren coger!
—Sí, ya sé mi amor. Me lo dijeron cuando te fuiste al baño.
—¡Pero no pueden! Sos mi mujer y estos… ¡Estos tipos ni siquiera son mis jefes!
—Bueno, pero vinieron a eso, Porotito. No creo que se vayan sin cogerme.
—Turca, ¿vos les dijiste que sí?
—Es que no sé… Son tipos muy decididos, saben muy bien lo que quieren y vos… bueno, vos sos uno de sus empleado nomás.
—Turca, esta noche quería dormir con vos…
—Es que el señor Crem me lo pidió, qué sé yo, me pareció que no me podía negar, después que nos aguantó acá todos estos días…
—¡No nos aguantó, te cogió todas las noches!
La Turca se subió el bretel, que durante la cena tuvo caído del hombro hacia afuera. Los pechos se le movieron un poco, respiró hondo y se le inflaron. Ella vio a su marido mirándola, espiándola prácticamente, y supo que el Porotito la iba a permitir dejarse coger por los cuatro, como un buen cornudo. El buen cornudo en el que lo estaba convirtiendo.
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LA TURCA 06 - PREVIEW

Al otro lado del tabique Poroto escuchó los sonidos de la fricción de la carne, como cuando uno se frota el brazo con crema.
—Es lo mejor, Turquita. Aunque en los otros lugares estuviéramos más cómodos, vas a ver que acá no vas a extrañar nada de lo que tenías.
Las manazas del Morcilla tenían aferradas las nalgas de la Turca, que recibía la penetración limpia y el bombeo rítmico del negro pijudo. La Turca sentía cada estocada que la horadaba desde la punta hasta los huevos, igual que quince días atrás.
—Tenés razón, mi amor… uhhh… no estoy extrañando nada…
Los pijazos fortísimos del moreno la empujaban hacia delante. La Turca tuvo que re ubicar las manos del Morcilla en su cintura para que el mismo negro la retuviera con cada empellón, o ella iría a dar al piso. Cuando el moreno la tomó de la cintura la penetración fue más firme y profunda, la Turca sintió la pija en la garganta.
—¡Ahhhhhhhh…!
—Turca, ¿qué pasa?
—N-nada, Porotito, se me cayó el… Uhhhh…
—Dale, Turquita, que me duermo.
—Ya acabo con esto, mi amor… ya acabo… uffff…
La Turca comenzó a hamacarse hacia la verga del Morcilla, cada vez que se la enterraba. El efecto era demoledor, podía sentir la cabeza de la chota, tocarla adentro bien bien profundo, y enseguida el borde del glande raspando para retirarse.
—Dale, apurate…
—Estoy haciendo lo más rápido que puedo….
Fap-fap-fap-fap le hacía la panza del Morcilla en su cola. La Turca rezaba para que el tabique, abierto arriba, fuera suficiente para ocultar el sonido.
—Ya acabo, Porotito… ya acabo…
La Turca flexionaba las rodillas y empujaba su cola hacia atrás a la vez que el Morcilla iba para delante. De pronto sintió el vergón tensarse como una cuerda, agrandarse, si eso era posible, y sin dudas endurecerse. Fue un segundo o menos, y luego sintió como si le escupieran adentro el primer chorro de leche. Ahí sintió que a ella también le venía. Tuvo que ahogar el grito, mientras detrás suyo el Morcilla hacía lo propio, martillándola a pijazos y bufando como un caballo, pero cuidándose de no gemir.
—Por favor por favor por favor… —murmuró la Turca, y como se dio cuenta que ya le explotaba, se mordió el canto de la mano para no gritar—. Mmmmmm… —gimió mordiendo.
No era un mmm de la boca, le venía desde abajo del pecho, desde el alma, desde donde sentía la punta de la verga del moreno.
—Turca, ¿estás bien?
—Estoy acabando, mi amor… Diossss…
Poroto no era estúpido. Su mujer sonaba raro, como si estuviera ahogando un dolor, o golpeado con algo. En realidad parecía más bien un jadeo, y el fap-fap era igual a cuando los otros le cogían a su mujer. Pero era imposible. Estaban aislados de Las Cuadrillas, metidos adentro de una habitación cerrada, guardados, y él había echado la llave. No había forma de que estuviera sucediendo eso.
—Dale con la crema ésa y vení.
—Me están vaciando todo el pomo de crema, Porotito... Me pongo hasta la última gotita y voy.
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LA TURCA ANEXO 03 - PREVIEW

Lamí desesperado los globos llenos que tenía por glúteos, y se estremeció.
—Mmmm… sí, cornudito, sí…
Ya casi no me molestaba que me dijera cornudo. De hecho, lo decía sólo cuando se excitaba conmigo, así que no me resultaba tan malo. Le corrí la tela que le protegía celosamente la conchita y el vaho se intensificó ligeramente. Aguanté la respiración y me lancé a chupar. Sin respirar, mi ejercicio era tolerable, y como le imprimía pasión, la Turquita se excitaba a niveles que yo antes no lograba darle ni cogiéndomela.
—Ay, sí, cornudo, chupa, chupá… Limpiá bien, cornudito hermoso…
Retorcía las sábanas en el puño, y eso me entusiasmaba más y la chupaba mejor, y eso la hacía retorcer más la sábana y gemir más fuerte.
Cuando lograba determinado nivel de calentura me sacaba de su entrepierna y me ponía junto a ella, frente a frente, con el gesto desencajado de lujuria. Era el momento. Se bajaba la bombachita hasta las rodillas o un poco más, y se abría en el medio.
—¡Cogeme! ¡Cogeme, mi amor! Demostrame que sos más hombre que el señor Turricio.
No había forma de demostrarlo. El señor Turricio (cualquiera de sus amantes, en realidad) se la cogía durante dos horas. Yo no llegaba al minuto. Desesperada, ella me metía entre sus piernas y me acomodaba. El contacto de mi pija con su humedad era el paraíso en la Tierra. Más de una vez me había acabado solo con eso.
—Cogeme, Porotito, ¡cogeme como un macho de verdad! ¡Haceme tu puta! ¡Haceme tu única puta y demostrale a tus jefes que sos más macho que ellos!
—N-no sé, Turquita… No sé si voy a poder…
Me pegué a ella, me abrazó con sus piernas y de pronto mi pija estaba pegada a los pliegues de su concha carnosa, dispuesta a penetrar.
—¡Cogeme aunque sea dos minutos y no te hago cornudo nunca más!
Me pareció ver sonrió con malicia. ¿Estaba apostando a que no aguantaba más de un minuto, como siempre? No, mi Turquita no haría eso. Mi Turquita no era así de turra. Poner la meta en tan solo dos minutos de alguna manera me cegó y me ilusionó como un niño. Dos minutos para mí era mucho, pero no era algo que jamás hubiera hecho. Posiblemente una o dos veces en el inicio de nuestra relación habría llegado a esa marca. Tal vez.
—A dos minutos llego, mi amor —dije demasiado optimista para lo caliente que estaba—. Te cojo dos minutos y dejás de coger con mis jefes.
—Sí, cuerno, solo con vos y el Morcilla!
El Morcilla era el que se la cogía mejor y el que la tenía más grande y ancha de todos. Era el que me la volvía estirada. Literalmente estirada.
—¡El Morcilla tampoco, hija de puta! ¡Si te cojo dos minutos soy tu único macho!
Y clavé. 
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