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Oct 28th 2018, 17:49
Oct 28th 2018, 18:58

El Club de la Pelea Pack 12 - Previews


EL CLUB DE LA PELEA (01) - PREVIEW

—¡Te voy a recagar a trompadas, pelotudo!
El desborde fue tal que las sillas desplazaron ruido y el murmullo se hizo griterío. Hasta en la pista de patinaje se escuchó el escándalo y el Profe y las chicas detuvieron la práctica. Gimena —que no había terminado de cambiarse— se quitó de la cintura y la cadera las manos del Profesor, al escuchar el chillido maricón de su marido.
Dentro del barcito, Benigno reculaba escudándose detrás de una y otra mesa, mientras Antonio avanzaba hacia él. En un momento a Benigno se le acabaron las mesas y quedó contra una pared. Vio, azorado, que casi todos los parroquianos tristes y sin dientes medio sonreían con expectativa. El parrillero lo alcanzó, se arremangó la camisa mojada y lo tomó del cuello.
—¡Voy a desacomodarte la cara a trompadas!
—Se lo suplico… —llorisqueó Benigno—, no me pegue…
Fue cuando apareció Gimena para salvarlo por primera vez.
—¡Señor, ¿qué hacé!?
El parrillero quedó congelado, sin quitar la manaza del cogote de Benigno. Miró a Gimena —que venía hacia él en bombacha y corpiño negros, de lencería de guerra, como si hubiera salido del baño de un hotel por horas— y sonrió como un guanaco enfermo.
—¿Estás bien, mi amor? —preguntó ella, preocupada. Benigno seguía acogotado contra la pared, casi sin poder respirar. Gimena giró hacia el parrillero—. ¿Qué pasó?
Antonio mostró su camisa abierta y empapada.
Gimena se acercó más a su marido, que ya estaba violeta. Alrededor se formó un círculo de parroquianos viciosos.
—Lo va a matar, señor, suéltelo. De alguna manera se lo vamos a compensar.
El parrillero no fue sutil. Nadie en Alce Viejo era sutil. Llevó la mano libre a la cola semi desnuda de la mujer, porque la tanguita no estaba calzada arriba sino bajada a mitad de cola, y le recorrió el canto de una nalga con lentitud y lascivia.
—Hay una sola manera de que no le rompa la cara a tu marido…
Gimena lo miró y se asustó. Su marido gorgoteando junto a ella también la aterraba, y sin embargo todo el cuadro le generaba otras sensaciones. Estar solamente en conjuntito sexy delante de todos esos hombres, y tener que rendirse frente a ese tipo agresivo y prepotente, tan distinto —opuesto— al pusilánime de su marido… la encendió. No había lógica, porque odiaba a los prepotentes y violentos. Pero esto era distinto, era como peligroso, y ver cómo ese hombre —ese macho, se dijo— tenía la salud, tal vez la vida de su marido literalmente en sus manos, la empapó como nunca.
—Está bien, no lo lastime —dijo, y ella y todos en el bar supieron que no cedía por su marido. Benigno pareció quejarse entre gorgoteo y gorgoteo—. No voy a hacer nada, mi amor —aclaró— solo voy a hacerlo entrar en razones para que no te pegue.
—Rengo, ¿tenés el cuartito? —bramó Antonio.
Desde la barra, el Rengo agitó unas llaves en el aire.
El parrillero soltó la mano que ahorcaba contra la pared a Benigno y éste cayó al piso como un saco de bosta. Estaba morado y tosía, y se tomaba el cuello.
—¿Estás bien…? —Gimena amagó acercarse a su marido cuando Antonio la tomó de una mano y la llevó hacia la otra punta del bar—. Voy a hablar con el señor para que no te pegue más —gritó mientras era llevada a los saltitos, la cola respingando y tragando tanguita. El macho tomó las llaves del Rengo en el aire—. Esperame que ya vengo, mi amor.
Y todos los borrachines vieron cómo Antonio, que tenía fama de doblegar esposas y cornudos, se metió al cuartito de trastos con la mujer del pobre tipo al que casi ahorca, él sobándose la garcha por sobre el jean, para apurar la erección, y ella en conjuntito fino negro, entrando de la mano como si fuera al matadero.
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EL CLUB DE LA PELEA (02) - PREVIEW

El vestuario estaba abandonado, así que había mugre por todos lados, maderas, trapos, polvo, canillas goteando. La luz de unos ventanucos laterales cortaban el espacio en franjas, y en esas franjas se veía a las motas de polvo evolucionar con pereza por el aire.
Y en el medio de todo eso, el Profe clavándose a su mujer.
—Ahhhh… Ahhhh… Así… Así, Profe, así… Ahhh… Cómo te la siento… Ahhh… por favor, qué bien que te la siento… Ahhh…
Estaban sobre una colchoneta roñosa, limpiada en el medio a base de fricción, Gimena arrodillada y con el torso tirado hacia delante, y abajo las tetas apoyadas. Conservaba la remera puesta pero el culo en punta estaba desnudo. El shortcito enredado en un tobillo y la tanguita blanca estirada de muslo a muslo, para que la verga del Profe penetre limpio y sin que nada le moleste.
—M-mi amor… —murmuró Benigno.
El Profe se detuvo para mirarlo. Solo un instante. Estaba de pié, bombeándola, con los pantalones bajos y con las piernas flexionadas para emparejarse a la altura. Tenía tomada a la esposa de Benigno desde las ancas, de morboso, y también para apoyarse ahí y entrarle desde más arriba, mandando verga todavía más adentro.
—¡Benigno! —se sorprendió Gimena, y como el Profe retomó el bombeo, no pudo contener largarle el gemido—. Ahhhh…
—¡Gimena, te está cogiendo!
El Profe regresó su atención a la mujer de cuerpo generoso y volvió a llevar la pelvis hacia delante, como si Benigno no estuviera presente.
—¡No, mi amor! Te estoy defendiendo… Ahhhhh… Es para que no te peguen… Ahhhh… Lo hago por vos… Ahhh…
Benigno se detuvo al lado, observando la penetración. La verga estaba entrando por el culo de su mujer, detonando el agujerito que él le conociera virgen y que por esas cosas de sus compañeros, no pudo desflorar nunca. ¿Por qué esa obsesión de todos los hombres con el culo de Gimena? Recordó que sus compañeros de trabajo, y un tiempo antes el capataz en la curtiembre donde trabajaba, se deleitaban especialmente clavándola por allí.
—No me quiso pegar nadie, Gimena. ¡Te estás dejando coger por gusto!
—No, mi vida… Es que esto es preventivo… Ahhhhh…
Los tenía adelante, de perfil. Ella con los nalgones embadurnados de sudor y las motas de polvo que se le pegaban como brillantina. Los muslos duros y perfectos, temblorosos ante cada sacudida del otro hijo de puta que no paraba de bombearle el culo con cierta reluctancia.
—¿Preventivo? ¿Qué carajo…?
—Te quería pegar… Ahhh… Te iba a pegar, yo me di cuenta… Ahhhh... Se lo vi en los ojos…
Benigno no podía no mirar la penetración. La barra de carne del Profe era una tanza ancha de unos seis o siete centímetros que entraba hasta la mitad sin mínima resistencia y recién a partir de allí debía hacer más fuerza, para salir y volver a penetrar, y ganar un centímetro con cada clavada nueva.
—Oiga, ¿puede parar de cogérsela? ¡Esta mujer es mi esposa!
Gimena abrió los ojos y levantó un poco el torso para mirar hacia atrás.
—Decile, Profe, ¿no es cierto que le querías pegar?
El Profe no dejó de aferrarla de las nalgas ni de penetrar como si fuera un martillo neumático.
—Ya la tenés casi toda adentro, bebé… No puedo creer cómo te la tragaste toda sin chistar… En cuanto haga tope te suelto la leche, no voy a aguantar más con lo estrechita que sos…
—¡Profe, no me hagas quedar como una puta! Decile a mi marido.
Aunque estaba humillado y enfadado, Benigno no tuvo espíritu para otra cosa que no fuera ver cómo esa barra de 22x7 salía hasta el cuello de la cabeza y entraba toda hasta la base, provocando el grito de su mujer.
—¡¡Ahhhhhhhhhhh…!!
—Le está rompiendo el culo a mi esposa…
Estaba abstraído mirando la profanación, y en ese divague estaba su rendición.
—Sí… para no romperte la cara a vos —el Profe seguía bombeando el culazo, que se hacía más ancho cuando lo abría con sus manos al momento de empujar—. Peor sería que te pegue.
—S-sí… creo que sí, no sé…
—Mirá, mirá cómo le entra hasta los huevos a tu mujer… —abrió la cola mientras empujaba hacia delante. El vergón entró sin prisa pero sin pausa hasta ser tragado todo, completo, por el ano. El Profe dejó la pija estacionada ahí, bien hasta el fondo, para que el cornudo viera bien—. Pensá que cada vez que hace tope en la base es una piña menos que te comés…
Benigno estaba hipnotizado. La verga entraba y salía dentro del agujerito como un pistón, no había forma de no mirar.
—¿Ves, cuerno? —jadeó Gimena, sacudiendo la cabeza con cada estocada— ¿Ves las cosas que tengo que soportar para que no te peguen?
—¿Te dice cuerno? —se sorprendió el Profe.
—N-no... Me lo decía cuando se acostaba con mis compañeros de trabajo… Ahora no.
Los jadeos de Gimena se habían convertido en gemidos.
—¡¡Ahhhhh…! Ves, mi amor… menos mal que me lo traje acá para convencerlo de que no te pegue…
—Pero…
—Sí, cuerno, llenarle el culo de leche a tu mujer hace que te respete…
—Deberías… agradecerle al señor… Ahhhhhhh… por Dios cómo te siento la pija…
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EL CLUB DE LA PELEA (03) - PREVIEW

—Benigno —el presidente, el vice y los tres vocales estaban sentados tras un escritorio enorme, casi una mesa, en la oficina de arriba. Benigno y Gimena, en un sillón de dos cuerpos muy bajo ubicado en frente. Gimena no tenía patinaje esa tarde, era jueves, así que se había ido con un vestidito liviano y muy corto, bien de primavera. Se le voló el ruedo cuando se sentó y se le vio un poquitín la ropa interior, un culote floreado sobre base negro, que Benigno le había visto ponerse frente al espejo, y el ruedo le quedó tan subido, ya sentada, que los viejos de enfrente le verían todo sin que él se pudiera enterar—. El problema acá es que detectamos una irregularidad con todos sus pagos.
—Es imposible, lo puse en débito automático. Debe ser un error.
—Error o no, su hermosa y muy dada mujer no puede seguir en nuestra prestigiosa institución.
Gimena se sobresaltó tanto que sus piernas se levantaron y quedaron aun más desnudas. Se tomó del brazo de su marido.
—Mi amor, hacé algo. ¡No quiero perderme esa fiesta!
Benigno la calmó y habló con el presidente.
—Está bien, está bien, ¿cuánto es la deuda, ocho meses?
—Seis.
—¿No dijo usted que la tarjeta no le giró ninguno de los pagos?
—Sí, pero su señora se encargó de honrar dos de esos meses.
Todas las alarmas se encendieron en Benigno.
—Gimena, vos venís siempre sin plata.
—Mi amor, no te enojes, pensé que era lo más práctico. Es que si ya me cogen todos los días pensé que una o dos veces más…
—¿Te dejaste por una cuota miserable!!??
—Dos cuotas, señor —interrumpió tímidamente uno de los más jóvenes vocales—. Verá, se la cogimos Mariano y yo.
—Fue ayer —explicó Gimena—. ¡Perdoname, estaba desesperada!
—¡Gimena, la puta madre, eso no fue para evitar que me peguen!
—Oiga, no sea irrespetuoso con la dama.
—Es que no puedo perderme la fiesta, mi amor. Trabajé mucho todo el año para ponerme así de linda.
—Es cierto, señor. Su señora está mucho más cogible ahora que en Marzo…
A Benigno le giraba el salón alrededor, como si estuviera mareado.
—Gimena, me hiciste cornudo otra vez…
—No, amor, esto no es como cuando me cogí a tus compañeros de trabajo. Lo hice para pagar el club.
—¿Usted se cogió a un compañero de su marido?
—No, no… a siete. Bueno, y a algunos amigotes que traían a veces. Pero eso fue en otra vida, yo era una tonta banal e irresponsable que solo me importaba la verga. Y los compañeros de Benigno tenían tremendos pedazos de verga, como cinco veces más grande que la de él, y en mi…
—¡Gimena, dejá de dar explicaciones!
—¡Ay, perdoname, mi amor, es que estoy muy nerviosa!
—Esto lo vamos a aclarar en casa. No me gusta que resuelvas todo quitándote la bombacha.
Mariano intervino con humildad:
—Si sirve de algo, se la cogimos con la bombachita corrida para un costado, señor…
—Mi amor, si ya me cogieron todos en el club y no sos ningún cornudo... Por uno o dos más, tampoco vas a serlo.
—Gimena, te lo pido por favor, una cosa es que te cojan para que no me peguen y otra porque el débito automático falló.
—Está bien, yo solo quería ser una buena esposa —dijo ofendida, y se cruzó de brazos— ¡No valorás nada de lo que hago!
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EL CLUB DE LA PELEA (04) - PREVIEW

El hombre se quitó la campera mientras Gimena le desabrochaba el cinturón. Benigno vio con horror cómo su mujer le bajó el jean al desconocido y rebuscó en su calzoncillo. La vio sacar una verga corta y rechoncha y en el mismo movimiento zambullirse a chuparlo. Lo repentino de toda la acción no le permitió a Benigno reaccionar. Recién al ver a su mujer arrodillada sobre el catrecito, culo en punta, el culote rojo enterrado y ella mamando como una puta tuvo su primera reacción: se le paró.
En los boxes de al lado se repetía lo mismo. La mayoría de las mujeres estaban inclinadas sobre los miembros de los huéspedes, aunque ya alguna comenzaba a recibir por la concha. Frente a él, Benigno observó al desconocido que se hacía mamar por su mujer, elevar la cara al cielo con ojos entrecerrados.
—Sí, putón, sí…
El tipo tenía tomada a su mujer de los cabellos y le guiaba la mamada. Y Gimena se esforzaba por tragar y felar de la manera más profesional posible: pajeaba a su veedor mientras lo mamaba y lo tomaba de los testículos a la vez que le dedicaba alguna que otra mirada a los ojos.
—Ya está, pedazo de puta —dijo de pronto el sujeto, que la quitó de su pija y la hizo girar en la camita—. Quiero cogerme esa conchita que todo el mundo dice que es de lo más estrechita que hay en el pueblo.
El tipo se le puso detrás, la puerteó y se ensalivó la verga y clavó como para apoyar. Gimena jadeó, y él la tomó de cada nalga con cada mano. Y empujó.
—Ahhhhhhhh… —gimió su mujer.
Recién en ese momento, con su mujer empezando a recibir los topetazos invasivos de ese hijo de puta, Benigno advirtió que de todos los compartimientos comenzaban a escucharse gemidos femeninos. Observó los otros dos boxes a los que podía espiar. En uno, Danii, la joven y curvosa mujer del farmacéutico, todavía se estaba tragando hasta la base la verga de un treintañero, lagrimeando con todo el miembro adentro, íntegro. En el otro box, como si lo quisiera el destino, se hallaba Lucía, la prometida de su mejor amigo, arrodillada igual que su mujer, y perforada de la misma manera por otro hijo de puta distinto.
El tipo seguía soldado a las nalgas de Gimena y desde allí la bombeaba a conciencia. La clavaba sin pausa, aunque sin la violencia que el cuerpo morrudo podía sugerir. El culazo le quedaba arriba, por lo que el viejo tuvo que ponerse en puntitas de pie para someterla con profundidad. Se ve que la profundidad resultó buena porque Gimena soltó un bramido.
—¡¡Ahhhhhhh…!!
Ahí sí el tipo comenzó a serruchar en serio. Benigno vio mucho más claramente cómo la verga enrojecida del hombre taladraba a su mujer. Entrando toda, hasta la base, y saliendo brillosa hasta la punta, solo para volver a entrar con todo y recomenzar el movimiento.
Nico, el ayudante del Profe esa noche, se asomó por la cortina de tela de manera imprevista.
—¡Minuto! —dijo simplemente, y continuó al siguiente box.
Nico venía cuartito por cuartito, solo irrumpiendo, avisando, y saliendo en el mismo segundo.
—Te la suelto, putón —dijo el viejo morrudo.
—¿Ya? —se apenó Gimena.
El tipo comenzó a acelerar el bombeo. Con las manos procuraba bajar las ancas de Gimena para no tener que perforar en puntas de pie.
—Quedate abajo, putita, que te lleno…
Y su esposa, obediente, bajó el culo para que el tipo se la coja más cómodo. Los jadeos comenzaron a acelerarse y subir de volumen, no solo los de su mujer y el hijo de puta que se la cogía, sino la de todas las mujeres y todos los sometedores, pues todos habían recibido la misma instrucción. Fue bestial —literalmente bestial— escuchar el bramido de una docena de hombres y varias mujeres gruñendo y acabando a la vez. A Benigno se le puso la piel de gallina con el concierto de orgasmos anónimos, graves y perversos, mientras el turro sometedor que le había tocado a su mujer comenzaba a vaciarse.
—Ahhhhhhhhhhhhh —gritó, y se aferró a las nalgas de Gimena como si quisiera fundirse a ese culazo todo el tiempo que le estuviera eyaculando—. ¡Tomá, hija de puta, tomá mi leche!
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EL CLUB DE LA PELEA: La Carne Siempre la Pone el Cuerno - PREVIEW

—Mi amor, yo… estuve hablando… Bah, hablaron ellos… Los viejos… los viejos del club…
Gimena se ponía crema en las piernas con mucha sensualidad, como en la época que se la cogían mis compañeros de trabajo.
—¿Qué viejos?
—Los del club. Los que te… Los que siempre me quieren pegar.
Me pareció escucharle un suspiro.
—¿Los que me hiciste coger para que no te pegaran…?
—Quiero… Es decir, quieren… —Me sentía más humillado que cuando me la garchaban en el cuartito. Iba a pedirle que se deje coger por esos viejos que me tenían atemorizado como un perro de departamento.—. Van a matarme a golpes si ellos no…
—Está bien.
Reaccionó como si nada. Abrió levemente sus piernas con languidez para pasarse la crema y le espié furtivamente la bombacha blanca que le abuchonaba la conchita. Se me paró.
—¿Está bien?
—Sí, mi amor, si tu integridad física está amenazada y me los tengo que seguir cogiendo… ¡qué se le va a hacer!
—Pero…
—¿Cuántos son? ¿Tengo que ir a las casas de ellos? ¿Me los tengo que bajar de a uno o todos juntos?
—¡Gimena, te lo tomás como si fuera lo más natural del mundo!
—Está bien, si preferís que te peguen…
—¡No, no, claro que no! Pero pensé que te sorprenderías, que te indignarías, no sé…
—Mi amor, casi todos los días me tengo que dejar coger por alguno para que no te hagan algo.
—¿¡Qué!?
—¿Conocés al Laucha? Es uno de los mozos del restaurant de la otra esquina… Y Salchichón, el que les trae el reparto de embutidos… Nico, el que ayudó al Profe en la fiesta… Y un par más que no conocés…
—¿¡Todos esos te cogen!?
—Es que si no, van a venir a pegarte. Ya ni te digo nada para no angustiarte, mi amor; y me los voy cogiendo todas las tardes mientras vos estás en el trabajo sin correr ningún peligro —Se puso de pie con tranquilidad y se estiró como una caña. Levantó los talones, alzó la falda y se acomodó ante mis ojos la bombachita, enterrándosela entre los dos glúteos. Tragué saliva, era la prenda interior que le gustaba usar con mi capataz, cuando se la cogía tres años atrás—. Es un infierno, pero prefiero montarme sobre todas esas pijas asquerosas y enormes para que vos estés seguro. Ahora, si te molesta, andá y hablales; por mí, mejor, no quiero seguir sufriendo esos orgasmos culposos mientras vos trabajás haciendo el papel de cornudo.
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